Ya estaba cansado. Recién se levantaba por el sonido del celular y estaba abatido. ¿Cansado de qué?, se preguntaba… Pronto lo averiguaría. Se levantó como siempre lo hacía, desganado, sin proyecciones para el resto del día, aburrido. Tenía la barba crecida, desprolija. Se miró al espejo y vio a la muerte, le estaba tocando el hombro. Sobresaltado se dio vuelta. No había nadie. Volvió a mirarse en el espejo, se vio sólo, ojeroso, como si no hubiera dormido por siglos. Miró el reloj, había dormido mucho, más de diez horas. No lo entendía. Él siempre dormía poco, y hoy, habiendo dormido por demás, se sentía cansado, aturdido. Las cosas le parecían fuera de lugar, todo estaba patas para arriba. Se cepilló los dientes y se preparó para bañarse. Veía el baño sucio, más que de costumbre, seguía confundido. Un baño me relajará, se dijo a sí mismo y se metió a la ducha. El agua le calaba los huesos. La dejó correr por un rato hasta que se calentó y pudo introducirse bajo ella. El alma parecía volverle al cuerpo. Se enjabonó la cabeza y el cuerpo, había olvidado comprar el shampoo otra vez, así que el pelo quedaría como la última semana, duro y andrajoso, pero limpio. Mientras el agua corría por su cuerpo, miraba el techo y las paredes; las manchas de humedad eran eternas, y no tenía ganas de preocuparse por ellas, le recordaban su antigua casa, que tenía más humedad que paredes. Se quedó admirándolas un buen rato y apagó la ducha. Se secó y se vistió sólo con calzones. No iba a salir hoy. No tenía ganas. El baño le había hecho bien, pero seguía sintiéndose perdido. Perdido en su propia morada. Perdido en el tiempo, en su espacio.
Sonó el teléfono. Se despertó. Tomó el teléfono, lo atendió. ¿Hola?, ¡Ah! Sí, estoy en camino. Saltó de la cama y se vistió. Se cepilló los dientes. Ya estaba ubicado en la realidad, se sentía ubicado. Se miró al espejo pero no vio nada. Nada, ni su propio reflejo, nada. Se angustió. Volvió a mirar. Se vio a sí mismo, se vio de espaldas, que extraño, pensó. Giraba su cabeza, su reflejo no se movía. Decidió no darle importancia, sería su cabeza que le estaba jugando una mala pasada. Salió del baño y se dirigió a la puerta de su casa. Todas las luces estaban apagadas. El papel que cubría las paredes estaba rasgado, deteriorado, era un papel a rayas, celestes y blancas, aunque la humedad lo había ajado y matizado por demás. Abrió la puerta y salió a la calle. Día gris, nuboso. Otoño. Los árboles perdían las hojas, amarillentas, opacas. Estaba mejor, el aire mañanero le sentía bien. Miró su reloj. Las nueve treinta y ocho. Tenía tiempo, decidió caminar al trabajo. Estaba a unas pocas cuadras, y disfrutaba caminar por los suburbios en estos días plomizos. No había gente por la calle, algunos autos pasaban distraídos por las esquinas. Semáforo en rojo. Paró. Miró a ambos lados. La nada. Ni un alma vagaba por las calles en ese momento. Cruzó. El estrépito se sintió a lo lejos. Revoloteó como pájaro, arrastrado por un viento invencible, irreverente. Sintió el pasar del tiempo por sobre todos sus huesos. Luego la bocina. Luego el silencio. La memoria. ¿Lo imaginó? ¿Lo soñó? Los recuerdos pasaron uno a uno, primero despacio, y se aceleraron, más y más, hasta no poder reconocerlos. Luego silencio. Penumbra. Paz.
Sonó el teléfono. Se despertó. Tomó el teléfono, lo atendió. ¿Hola?, ¡Ah! Sí, estoy en camino. Saltó de la cama y se vistió. Se cepilló los dientes. Ya estaba ubicado en la realidad, se sentía ubicado. Se miró al espejo pero no vio nada. Nada, ni su propio reflejo, nada. Se angustió. Volvió a mirar. Se vio a sí mismo, se vio de espaldas, que extraño, pensó. Giraba su cabeza, su reflejo no se movía. Decidió no darle importancia, sería su cabeza que le estaba jugando una mala pasada. Salió del baño y se dirigió a la puerta de su casa. Todas las luces estaban apagadas. El papel que cubría las paredes estaba rasgado, deteriorado, era un papel a rayas, celestes y blancas, aunque la humedad lo había ajado y matizado por demás. Abrió la puerta y salió a la calle. Día gris, nuboso. Otoño. Los árboles perdían las hojas, amarillentas, opacas. Estaba mejor, el aire mañanero le sentía bien. Miró su reloj. Las nueve treinta y ocho. Tenía tiempo, decidió caminar al trabajo. Estaba a unas pocas cuadras, y disfrutaba caminar por los suburbios en estos días plomizos. No había gente por la calle, algunos autos pasaban distraídos por las esquinas. Semáforo en rojo. Paró. Miró a ambos lados. La nada. Ni un alma vagaba por las calles en ese momento. Cruzó. El estrépito se sintió a lo lejos. Revoloteó como pájaro, arrastrado por un viento invencible, irreverente. Sintió el pasar del tiempo por sobre todos sus huesos. Luego la bocina. Luego el silencio. La memoria. ¿Lo imaginó? ¿Lo soñó? Los recuerdos pasaron uno a uno, primero despacio, y se aceleraron, más y más, hasta no poder reconocerlos. Luego silencio. Penumbra. Paz.
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